Érase una vez en un viejo edificio de una vieja ciudad, en donde los compañeros de la rutina diaria de trabajo constantemente comentaban y murmuraban: “Supieron de la rata?”, “Alguien dijo que la vio!!!”, “Ignacio le tomó una foto!!!”, “Se ha comido las galletas de Mariana!!!” y así, muchas otras tantas historias que giraban en torno a la misteriosa existencia de una o de unas ratas que jamás llegaron a aparecer.
En la misma oficina que ocupada aquél viejo edificio, de aquella vieja ciudad, laboraba un señor de porte noble, decente, honesto y muy trabajador. Él era buen amigo de todos y era un gran galante y conquistador, sin dejar de ser un caballero, con todas las damas del viejo edificio. Era su buena costumbre, suministrar a sus compañeros y amigos de trabajo con deliciosos caramelos que traía de distintas ciudades, a veces habían caramelos nacionales y otras tantas, caramelos extranjeros… la mayoría de las veces, todos eran deliciosos, tan deliciosos que más tardaba el señor en llenar la dulcera que los demás de terminarse los dulces.
Así, se pasaban los días, el señor surtiendo y los caramelos desapareciendo… el señor surtiendo y los caramelos disminuyendo… el señor surtiendo y los compañeros añorando que cada vez los caramelos se terminaban más rápido. Con tal disminución-desaparición, llegaron a formarse varias teorías: una, ¡Víctor come muchos caramelos! Dos, ¡los muchachos que hacen la limpieza en horas inhábiles se comen los dulces cuando yo no estoy!. Tres: (en tono sarcástico) ¡Aquí ha de haber alguna rata que se está comiendo los caramelos!...........................
Chan, chan, chan, chaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaannnn…
Cierto día se probó que la última teoría, no obstante ser la sarcástica, había sido la verdadera, efectivamente: ¡Había una rata que se estaba acabando todos los caramelos!. El descubrimiento de dicho hecho nació de que el día anterior a aquél, el Señor de los Caramelos había dejado la dulcera casi-casi llena y ese día llegó a la vieja oficina muy, muy temprano. Se le hizo raro que el descaro de aquél ladrón fuera tal que la dulcera estaba vacía. Algún sentido extra lo hizo empezar a limpiar y ordenar su escritorio, encima de su escritorio, debajo de su escritorio, etcétera, cuando ¡oh sorpresa! Encontró la artillería de dulces más grandes que jamás pudo haber visto!!! ¡Era la alacena de la Rata!, la misteriosa rata que jamás llegaron a ver, pero a la cual le descubrieron el nido, nido que estaba conformado por caramelos enteros, medios caramelos, caramelos picados, caramelos chupados, envolturas de caramelos, etc. etc. etc.
Jamás nadie vio a la rata, jamás nadie la toco, jamás nadie la escuchó, pero todos fueron testigos de tal astucia de aquel animal rastrero al robarse por las noches enteras aquellas cantidades de dulces, que nadie explica como sacó de la dulcera uno a uno sin que la misma cayera el piso y se quebrase. Lo que sí todo el mundo admiró y comentó fueron tres cosas: 1. la inteligencia de la rata, 2. que seguro sería una rata muy gorda y con caries en los dientes, y 3. que algún día tendría problemas de azúcar por tantos caramelos que ingirió.
En la misma oficina que ocupada aquél viejo edificio, de aquella vieja ciudad, laboraba un señor de porte noble, decente, honesto y muy trabajador. Él era buen amigo de todos y era un gran galante y conquistador, sin dejar de ser un caballero, con todas las damas del viejo edificio. Era su buena costumbre, suministrar a sus compañeros y amigos de trabajo con deliciosos caramelos que traía de distintas ciudades, a veces habían caramelos nacionales y otras tantas, caramelos extranjeros… la mayoría de las veces, todos eran deliciosos, tan deliciosos que más tardaba el señor en llenar la dulcera que los demás de terminarse los dulces.
Así, se pasaban los días, el señor surtiendo y los caramelos desapareciendo… el señor surtiendo y los caramelos disminuyendo… el señor surtiendo y los compañeros añorando que cada vez los caramelos se terminaban más rápido. Con tal disminución-desaparición, llegaron a formarse varias teorías: una, ¡Víctor come muchos caramelos! Dos, ¡los muchachos que hacen la limpieza en horas inhábiles se comen los dulces cuando yo no estoy!. Tres: (en tono sarcástico) ¡Aquí ha de haber alguna rata que se está comiendo los caramelos!...........................
Chan, chan, chan, chaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaannnn…
Cierto día se probó que la última teoría, no obstante ser la sarcástica, había sido la verdadera, efectivamente: ¡Había una rata que se estaba acabando todos los caramelos!. El descubrimiento de dicho hecho nació de que el día anterior a aquél, el Señor de los Caramelos había dejado la dulcera casi-casi llena y ese día llegó a la vieja oficina muy, muy temprano. Se le hizo raro que el descaro de aquél ladrón fuera tal que la dulcera estaba vacía. Algún sentido extra lo hizo empezar a limpiar y ordenar su escritorio, encima de su escritorio, debajo de su escritorio, etcétera, cuando ¡oh sorpresa! Encontró la artillería de dulces más grandes que jamás pudo haber visto!!! ¡Era la alacena de la Rata!, la misteriosa rata que jamás llegaron a ver, pero a la cual le descubrieron el nido, nido que estaba conformado por caramelos enteros, medios caramelos, caramelos picados, caramelos chupados, envolturas de caramelos, etc. etc. etc.
Jamás nadie vio a la rata, jamás nadie la toco, jamás nadie la escuchó, pero todos fueron testigos de tal astucia de aquel animal rastrero al robarse por las noches enteras aquellas cantidades de dulces, que nadie explica como sacó de la dulcera uno a uno sin que la misma cayera el piso y se quebrase. Lo que sí todo el mundo admiró y comentó fueron tres cosas: 1. la inteligencia de la rata, 2. que seguro sería una rata muy gorda y con caries en los dientes, y 3. que algún día tendría problemas de azúcar por tantos caramelos que ingirió.
Fin.
2 comentarios:
Que bonito relato Jackie.
A lo mejor, cuando encontraron el nido de la rata, por estar acostumbrada a los dulces del extrajero, esta se mudo a Francia, y resulto se llamaba Django o Emile, jejeje.
Por cierto, siempre hay una respuesta para todos los "misterios". A veces no nos gusta y a veces hasta resulta digna de contarse, pero siempre hay respuesta.
Insisto, muy bonito...muy bonito!
Muy original Jackie! Tal vez no era la rata sino un empleado con Alzheimer que se le olvidaba donde guardaba los dulces, jajajaja.
Un abrazo.
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